Pablo Vadori: “desde la bioética proponemos abordar las emociones”

Pablo Vadori es pediatra. Él siempre supo -desde muy pequeño- que su futuro estaba ligado a la medicina, aunque también le apasionaban las letras. Su consultorio, ubicado a pocas cuadras del centro de Pilar, recibe a los más pequeños con una caricatura del médico realizado en carbonilla. Su profesionalismo es evidente en cada consulta y su amor por la profesión se expande más allá de las paredes de su consultorio.

En la actualidad encabeza el trabajo del Comité de Neurociencias y junto con todo el equipo organizan las XXIV Jornadas con el objetivo de brindar un aporte ético al tema del encuentro.

Apasionado por la medicina, riguroso, profesional y ameno; Pablo Vadori recibe un Resumen para dialogar ampliamente sobre el valor de esta nueva ciencia y reparar sus inicios en la profesión.

¿En qué consiste la Jornada Distrital de Bioética del Colegio de Médicos?

Esta jornada, en general, comenzó en el 2006 con la idea de difundir esta nueva disciplina que -llevaba unos años en el mundo pero en Argentina no había penetrado- consiste en un enfoque multidisciplinario de la atención de la salud donde no solamente la integra la medicina tradicional, sino también la filosofía, la ética y lo jurídico, sabiendo que no podemos salir de los marcos regulatorios que nos da la ley. Esta nueva disciplina me cautivó de entrada, me gustó mucho estudiarla e hice el posgrado de Bioética de la UBA (actualmente es profesor y coordinador de las investigaciones). Entonces en aquel nos preguntamos cómo usar esa herramienta que usará; recuerdo que hablé con el presidente del Colegio y planificamos las jornadas con la condición de que fueran sin costo para el participante.

¿Puede participar cualquier persona?

Claro que sí. Está abierta a toda la comunidad porque al ser la bioética multidisciplinaria, despierta el interés de todos; al paciente porque le permite conocer qué herramientas tiene, y también al profesional. Y así fueron creciendo, poco a poco, cada una de ellas.

Antes de la pandemia, por ejemplo, presenté un trabajo en la Federación Latinoamericana y del Caribe de Bioética; se llamó “15 años de Bioética, o remando en dulce de leche” y se notaba que en las primeras jornadas había uno o dos participantes por mesa en el Colegio, y en las últimas ya no alcanzaban las sillas, había crecido con gran audiencia . Cuando llegó la pandemia nos preguntamos qué hacíamos; casi no sabíamos que era esta herramienta y justo en el 2019 había participado de la Asamblea Mundial de Bioética de la Unesco por Zoom, entonces les propuse a la gente de la comisión aplicar la misma propuesta. Armamos en muy poco tiempo cosas que no sabíamos ni cómo hacerlo y fue un éxito, aún con los errores que cometimos. Y fue tal la respuesta y motivación, que ese año hicimos como cuatro jornadas. Y observamos que ya no sólo cubriríamos nuestro distrito, el V, sino que se anotaba gente de Capital, de la Patagonia, del norte, de Brasil. Y la expansión llegó a Colombia, Venezuela, Guatemala, y hoy ya no tiene fronteras.

Usos tecnológicos que nos dejó la pandemia…

Antes, al ser presencial, estaba restringido a un público que podía llegar a la facultad a las 6 de la tarde e irse a las 10 de la noche; al hacerlo por zoom el encuentro es abarcativo y comodo. Es una herramienta maravillosa que no hay que perder.

¿Cómo planteó la propuesta para esta jornada titulada Neuroética de las emociones?

Esto merece una sencilla explicación: mi generación que se recibió entre multas de los 70 y comienzo de los 80 lo único que tenía era la radiografía convencional (la placa) para hacer diagnósticos. Si el lugar donde se trabajó era sofisticado, la radiografía de contraste. En los 80 aparecieron los primeros ecógrafos, que eran aparatos precarios al igual que aquellos primeros operadores porque todos estaban aprendiendo; y las tomografías estaban recién llegando a la Argentina pero no todos necesitaban acceso. Todo eso fue un gran aprendizaje para cada uno de nosotros. Y de allí todos los avances tecnológicos que llegaron. Allá por el 2007 o 2008 un grupo de Tokio y otro de Estados Unidos a partir de ciertas cosas que descubren dan un salto más. Por ejemplo, siempre se dijo que usamos el 10% del cerebro, cosa que es mentira porque usamos el cien por cien, solo que no todo junto, usamos pequeñas fracciones de corteza para cosas determinadas. Cómo se logra ver esto: la neurona que está trabajando requiere más oxígeno, eso significa que hay una vasodilatación cerebral que realiza ese aporte de oxígeno; éste cuando llega a la célula la hemoglobina genera una basura que es la desoxihemoglobina, y los tomógrafos lo que hacen es captar ese poder magnético y se ve en la pantalla. Por ejemplo, si te digo manzana, vos pensas en la manzana y una pequeña parte de tu cerebro se ilumina. Luego yo puedo no hablarte ya de manzana, pero si vos lo pensas y tu cerebro se ilumina, al tener ya el patrón sé lo que estás pensando. Este conocimiento genera mucho poder. Cuando se empezó a conocer las aplicaciones de esto, nace la neuroética como disciplina que analiza todo esto, lo que se puede hacer y lo que no. Y nosotros proponemos abordar las emociones.

¿Quiénes son los disertantes de esta jornada?

La primera disertante es la doctora Andrea Márquez López Mato, que es una profesora universitaria reconocida acá y en el exterior, y nos va a explicar cómo ese sistema límbico vincula todo el sistema regulatorio. Seguidamente el ingeniero Juan José Romanella, que es un especialista en inteligencia artificial, va a ver cómo se articula esto con los algoritmos y cómo un algoritmo te puede convencer de que tu necesidad está para un lado y no para el otro, te lleva a ver películas que sabe que a vos te interesan. La implicancia que tiene esta neurociencia nueva es inabarcable.

¿Qué esperan desde la organización de esta jornada?

Una cantidad de participantes importantes, que los disertantes puedan explayarse en sus campos de experticia y que el público pueda utilizar el chat para el planteo de interrogantes o comentarios y llevarse lo que para ellos sea significativo.

pasion por la medicina

¿Cuándo supiste que querías ser médico?

Leyendo. Para mí existieron tres libros determinantes a los 14 años que me confirmaron esa idea de que yo tenía de chico (ser médico): La ciudadela de Cronin, Cuerpos y almas y La historia de Saint Michel de Axel Munthe. No me preguntes por qué esos tres libros me pegaron fuerte y dieron el empujón que faltaba.

O sea que ya en la secundaria sabías que lo tuyo era la medicina, ¿y la pediatría cuándo y cómo llegó?

La pediatría fue un hallazgo de último momento. A mí me gustó mucho la neurología, y de hecho estuve un tiempo en servicio viendo de qué se trató, un día decidí que lo mío era la pediatría aunque no recuerdo cabalmente cuando fue. En quinto año de la carrera yo fui practicante en el Hospital Municipal de Pilar, en esa época eran dos salas generales con tres consultorios. Yo vine acá sin tener relación directa con el paciente, porque los practicantados se realizaron a partir de quinto, y para mí fue el gran cambio, me deslumbré, me encantó. Ahí me di cuenta que todo lo que había creído era lo que sentía. Y como pasa siempre fui a presenciar un parto, hasta ese momento nunca había visto uno, y al nacer el bebé -que vino bien- se murió. Yo no sabia que hacer; entonces comenzaría a quedarme después de hora en el hospital y que me enseñaran el abc. Y así fui aprendiendo. El día que me recibió anoté en la especialización de pediatría y neonatología. Hice neonatología muchos años, pero no es sencillo, y finalmente el camino me llevó a pediatría que era lo que originalmente quise hacer siempre; la atención primaria de la salud, que es lo que disfruto y me gusta.

¿Qué fue para vos lo más difícil de la carrera?

Para mí lo más difícil fue el mundo teórico, no podía concentrarme en esas clases de los enormes anfiteatros de la facultad de medicina. Había que tomar nota de todo, de ahí la letra fatídica que tenemos los médicos, ver al profesor chiquito, esa parte me costó terriblemente. Cuando comencé la actividad práctica en el hospital la carrera se deslizó que era un gusto.

¿Eran caros los libros, podías acceder al material?

No; era imposible, eran carísimos. Yo vivía en la biblioteca de la facultad. Mi vida transcurría entre el trabajo, la facultad, la biblioteca y el rugby, pero no lo vivía como algo terrible. Hoy miro para atrás y digo no sé cómo hice todo eso.

¿Cómo fue tu carrera?

Yo estuve en el Hospital General de Niños Pedro de Elizalde. Cuando me ofrecieron un cargo de neonatólogo en el Hospital de Pilar, y teniendo ya previsto irme de Capital, con mi esposa queríamos fundar una familia pero no con el ritmo de vida de Buenos Aires, esa fue la opción indicada. Allá por el 85 Pilar era una maravilla, un pueblo chico de gente amable, todos conocidos. Y nos fue bien acá, al principio duro -como a todos- pero después nos fuimos afianzando.

¿Qué fue lo más insólito que te tocó atravesar en tu carrera?

Hay algo que nos ocurre siempre y es que los chicos disimulen síntomas. Y hubo un caso de una chica, que todavía me acuerdo porque el diagnóstico lo hizo mi hija menor. La pequeña hacía crisis de asma que yo nunca había visto, y la madre me decía que la nena se sentaba y le faltaba el aire, y yo la estudié, la di vuelta como a una media y estaba todo perfecto. Y una noche cuando estábamos cenando lo comento con mi esposa, y mi hija me dice: esa es una fulanita que se sienta en la escalera y se tira para adelante y dice no puedo respirar. Entonces cuando viene la madre le pregunto si veía mucho Chiquititas, me dice que no se lo perdía nunca y le pido por favor que le cambie de programa así le curamos el asma. Ese caso, en particular, fue gracioso.

Una vez más esta historia me impacta. La anécdota de la pequeña con asma, Vadori me la contó hace ya muchísimos años, y desde aquel momento yo se la pidió prestada para ejemplificarle a mis alumnas del Profesorado de Educación en Primaria del ISFD N° 51 el impacto que tienen los medios en los niños. A eso hoy le sumamos los algoritmos y la inteligencia artificial, cuánto por seguir abordando desde el campo de la neurociencia.

clarisa bartolacci

Nombre y apellido: Pablo Vadori

Fecha de nacimiento: 23 de febrero de 1957

Estado civil: casado

Familia: esposa, dos hijas y una nieta

Facultad: Medicina de la UBA

Profesión: Médico Pediátrico

Hobby: cocinar, me gustan mucho los guisos en general

Si no hubieras elegido la profesión de pediatra qué hubieras sido: no lo sé, quise ser médico desde muy chico. Siempre fui muy firme, aunque me gusta mucho Letras, elegí medicina.

Una frase que lo interpela:

¿Es éticamente aceptable que el Estado me niego a tener una buena muerte el día que no tenga expectativas de seguir llevando una existencia digna, según mi entender? JJ Sebrelli “Dios en el Laberinto” pág. 24, 25. Editorial Sudamericana.

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